Instalación cinética "Fermentation of the Mind" de Heri Dono, con una fila de escritorios de madera antigua coronados por cabezas de fibra de vidrio blanca, en una sala de museo.

Los pensamientos que no he tenido

Sobre Fermentation of the Mind, de Heri Dono

Cabezas blancas, como calcinadas.
Respiran por cables que se alimentan de libros.
Con los ojos cerrados, cantan.

Al entrar en la sala, supe que estaba frente a algo que no podía decir qué era. Había varias cabezas blancas. Parecían de yeso o de algún material calcinado, más tarde supe que eran de fibra de vidrio. Tenían los ojos cerrados y estaban sujetas a estructuras metálicas que descendían hasta antiguos pupitres de madera. La disposición de los objetos convertía la sala en un aula. Todo parecía detenido, como si las cabezas estuvieran dormidas.

Sin previo aviso, comenzaron a moverse y a emitir sonidos.

Cantaban, oraban, hablaban en lenguas que no conozco. Las voces se mezclaban hasta que resultaba difícil distinguir una de otra. Sonaban la madera, los soportes y los metales al chocar. No hablaban solamente las bocas, hablaba todo el mecanismo. El sonido no parecía salir de un cuerpo, sino del esfuerzo de la estructura por mantenerlo en movimiento.

Me sentí como un fantasma dentro de esa sala. Las cabezas no podían verme, ninguna abría los ojos. Sin embargo, tuve la sensación de que se dirigían a mí. Me decían algo que no conseguía poner en palabras. Quizá el sentido no estaba en cada voz, sino en su acumulación: en el canto, los golpes y la repetición. Escuchaba las palabras de los libros que no había leído y los pensamientos que todavía no había tenido.

Fermentation of the Mind, realizada entre 1992 y 1993, surgió durante el régimen de Suharto en Indonesia. El Museo M+ relaciona el movimiento simultáneo de las cabezas y los cantos distorsionados con la propaganda y el control de la opinión pública.1 El llamado Nuevo Orden de Suharto se consolidó después de una campaña de asesinatos masivos iniciada en 1965 contra integrantes del Partido Comunista Indonesio y personas acusadas de simpatizar con él.2 El anticomunismo permitió clasificar pensamientos, personas y relatos enteros como amenazas.

Este contexto no agota la obra. Un régimen pertenece a un momento histórico concreto; la ideología puede sobrevivirlo, transformarse y aparecer en lugares donde ya no presenta el aspecto reconocible de la propaganda. Frente a las cabezas, la pregunta dejó de ser solamente qué decían. Empecé a preguntarme quién hablaba a través de ellas.

Entonces me vi sentada nuevamente en un pupitre de metal, pintado con algún color de pintura barata. Recordé a mi profesora hablando con mi madre. Mi madre le decía que, si hacía falta, podía clavarme al pupitre. Todavía puedo imaginarme con mi falda blanca plisada, sentada allí, con los clavos hundidos alrededor de mis muslos para impedir que me levantara.

A pesar de la violencia que evoca esta imagen, yo estaba ilusionada con aprender. Pensaba que la educación podía convertirnos en algo más. Aprender significaba ampliar el mundo, conocer otras experiencias y comprender aquello que antes no podía nombrar. La instalación no me hizo desconfiar de la educación, sino de la aparente neutralidad con la que muchas veces recibimos aquello que aprendemos, que puede ser igual de peligrosa que la ignorancia.

Frente a la obra, la frase de mi madre adquiría una forma material. Las cabezas estaban fijadas a los pupitres y todo aquello que podían decir dependía de una estructura que las sostenía y las hacía moverse. La violencia no estaba en permanecer sentadas, sino en la posibilidad de que sus voces ya hubieran sido decididas por el mecanismo.

Sobre los pupitres había libros quemados. Parecían frágiles. No eran objetos sueltos, sino órganos de la máquina. Los cables, los soportes, las cabezas y las páginas quemadas pertenecían al mismo circuito. Imaginé que las cabezas respiraban por esos cables y que los cables se alimentaban de la sangre de los libros.

El problema no era que el conocimiento estuviera siendo aprendido. Las cabezas lo habían aprendido: lo repetían juntas. Lo que no podía saber era qué clase de conocimiento había entrado en ellas, de dónde llegaban aquellas palabras ni quién había decidido que fueran esas y no otras.

La ideología no necesita inventar todos los hechos. Puede operar de una forma más difícil de reconocer: seleccionándolos y organizándolos hasta que una interpretación particular parece ser la única manera posible de entender el mundo. Una fuente no es solamente el libro que citamos, es también la posición desde la que una voz habla y los intereses que determinan qué aparece en primer plano y qué permanece fuera del relato.

Los pupitres de la instalación me llevaron también a una época en la que temía a Dios. Cuando era niña, bajé una vez un crucifijo de la pared y lo guardé en mi mochila de piolín. Lo llevaba conmigo para que me cuidara y para sentirme protegida. Aquello que me producía miedo era también aquello que buscaba para sentirme a salvo.

No pensé que la escuela, la religión y la propaganda fueran equivalentes. La relación apareció de una manera menos ordenada, a través de los materiales de la instalación y de mi memoria: la imagen del pupitre y la madera de la cruz; las voces repetidas; los cuerpos que inclinan la cabeza; la promesa de protección que puede acompañar a la obediencia.

Yo misma había tomado el crucifijo. Por eso el recuerdo resulta más inquietante. La ideología no siempre llega como una orden exterior. También puede entrar en la vida mediante el afecto, la necesidad de pertenecer o el deseo de sentirnos protegidos. Su violencia no reside únicamente en obligarnos a aceptar una idea, sino en construir las condiciones desde las cuales esa idea empieza a parecernos necesaria.

Esa dificultad no pertenece únicamente a mi infancia. Me pienso como una persona libre, capaz de elegir y cuestionar aquello en lo que cree, y procuro examinar las fuentes con las que construyo mis ideas. Sin embargo, esa conciencia no me sitúa fuera de la ideología. A veces descubro dentro de mí discursos contrarios a mi manera de pensar que, sin haberlos aceptado conscientemente, han conseguido escabullirse. También reconozco en mis propias palabras un lenguaje que no siento del todo mío.

Mi pensamiento me pertenece, pero no ha sido elegido por completo. Puedo rechazar un discurso y descubrir, al mismo tiempo, que todavía hablo con algunas de sus palabras. Incluso con la intención de pensar por mí misma, puedo convertirme en otra voz dentro del mecanismo.

La ideología tampoco opera únicamente en la escuela, la iglesia o el discurso oficial de un gobierno. Circula durante nuestro tiempo libre y puede resultar más eficaz cuando deja de parecer una lección y adopta la forma del entretenimiento.

El anticomunismo que sostuvo el orden político de Suharto también condicionó, mediante mecanismos distintos, la industria cultural estadounidense. Durante la Guerra Fría, el Comité de Actividades Antiestadounidenses investigó presuntas actividades comunistas en la industria cinematográfica. Diez profesionales, conocidos como los Hollywood Ten, fueron declarados culpables de desacato al Congreso y excluidos de Hollywood tras negarse a responder a las preguntas del comité.3 Aquella presión condicionó las voces que podían participar en la construcción de sus relatos.

La relación entre el poder militar y el entretenimiento tampoco pertenece únicamente al pasado. El Departamento de Defensa de Estados Unidos mantiene un programa oficial de asistencia para producciones de cine, televisión y videojuegos.4 Esto no convierte automáticamente en propaganda todas las obras asistidas, pero muestra que algunas imágenes se negocian en relación con criterios e intereses institucionales.

Nadie los presenta como una lección, pero existen sistemas automatizados que ordenan y recomiendan contenidos: deciden qué aparece primero, qué se repite y qué desaparece.5 Esos sistemas contribuyen a establecer qué conflictos resultan visibles, qué voces adquieren autoridad y qué ideas comienzan a parecernos normales.

La ideología no invade el tiempo libre desde un lugar exterior. Forma parte de la manera en que ese tiempo ha sido organizado. Seguimos “aprendiendo” mientras creemos que solamente estamos descansando.

Volví entonces al título de la obra. Quizá la fermentación no se refería únicamente a lo que sucedía dentro de aquellas cabezas. Las voces también habían comenzado a mezclarse con mis recuerdos: una falda blanca, unos clavos, un crucifijo, una mochila y los libros que no había leído. Algunas ideas continuaban transformándose dentro de mí mucho después de haber olvidado quién me las había enseñado.

Las cabezas siguieron cantando con los ojos cerrados. El mecanismo volvió a empezar y después volvió a empezar otra vez.

Notas y referencias

  1. M+. “Heri Dono: Fermentation of the Mind”. 30 de mayo–25 de octubre de 2026.
  2. Simpson, Brad, ed. “U.S. Embassy Tracked Indonesia Mass Murder 1965”. National Security Archive, Electronic Briefing Book n.º 607, 17 de octubre de 2017.
  3. National Archives Museum. “Remembering the Hollywood 10: Screenwriter Ring Lardner, Jr.”
  4. U.S. Department of Defense. “DOD Production Assistance for Entertainment Projects”.
  5. Meta Transparency Center. “Instagram Feed AI System”. Consultado el 23 de septiembre de 2026.

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